Imagen: Nature morte à la soupière de Paul Cézanne.
Desde siempre he sentido gran curiosidad por los hogares ajenos.
Al pasear por las calles y observar una ventana abierta, mis ojos se dirigen inevitablemente a ella. Y es que cada hogar, cada rincón personal, nos habla y relata mil detalles sobre nuestra historia particular.
De pequeña, me dedicaba a examinar las casas de mis abuelas. Las fotos, los libros, los cuadros, los periódicos por medio... cada pieza denotaba una vivencia, una historia sobre el cómo y el por qué (de aquellos elementos) que a mi me entretenía imaginar.
Hace tiempo, mientras paseaba por la catedral, hablaba con un amigo sobre las sensaciones que recogen los edificios antiguos.
Es increíble como ciertos lugares guardan entre sus paredes millones de secretos. Al igual que la música se graba sobre el vinilo.
Y esas sensaciones que percibimos, que claman su cachito de protagonismo, me resultan bastante más llamativas que algunas de las que cuentan los libros de historia.
En definitiva, las capas de consciencia que dejan los recuerdos de la existencia.